¿Cómo se creó la identidad gaucha?
La narrativa de la gesta tradicionalista, basada en la literatura y la política cultural, cambió el destino del pueblo bonaerense y lo transformó en un ícono gauchesco nacional con proyección internacional
Por Franco Spinetta
En la imagen, borrosa y granulada, dos hombres se pasan un mate. A la izquierda, un joven de camisa blanca, pañuelo al cuello y aire urbano: Ricardo Güiraldes, escritor bohemio, viajero incansable, lector de Oriente y de las vanguardias europeas. A la derecha, un paisano de la llanura, sombrero ladeado, bigote espeso, chiripá y faja: Don Segundo Ramírez, gaucho de carne y hueso que inspiró el personaje central de la novela más célebre del autor. Nadie lo sabía entonces, pero ese encuentro, congelado para siempre en la fotografía, sellaría un lazo que trascendería sus vidas y moldearía el destino de un pueblo entero.


Primer ejemplar de Don Segundo Sombra. Don Segundo Ramírez y Ricardo Güiraldes comparten un mate en San Antonio de Areco
Poco tiempo después, Ricardo y su esposa Adelina viajaron a Arcachon, localidad balnearia de Francia, con la intención de seguir rumbo a la India. La salud del escritor se agravó y fue trasladado a París. El 5 de octubre de 1927 llegó a sus oídos que su obra Don Segundo Sombra había recibido el Primer Premio Nacional de Literatura. Tres días más tarde, el 8 de octubre, moría en la casa de su amigo Alfredo González Garaño. Tenía 41 años.

Sus restos llegaron a Buenos Aires el 27 de noviembre de 1927 y fueron recibidos por el presidente Marcelo T. de Alvear. Desde allí partieron a San Antonio de Areco. A la vera del río, agrupaciones tradicionalistas de toda la provincia aguardaban. Don Segundo Ramírez fue uno de los 150 paisanos a caballo que, junto a carruajes, automóviles y vecinos, acompañaron el cortejo fúnebre. Ya en el cementerio, Leopoldo Lugones pronunció un discurso que pasaría a la historia: “Es la primera vez que el personaje sepulta los restos del autor”. No era un entierro más; era el inicio de un relato que, en las décadas siguientes, se institucionalizaría con precisión quirúrgica: Areco como la “cuna de la tradición”. Güiraldes —nacido en Buenos Aires pero criado en las estancias familiares, entre ellas, La Porteña de Areco— había mitificado al peón rural en su novela de 1926. Su muerte, y el regreso simbólico al pago, fundieron para siempre al autor y su criatura literaria en una misma postal. Desde entonces, literatura y política cultural se entrelazaron para dar forma al perfil de la localidad.

El libro emblema de Güiraldes narra en primera persona la vida de Fabio Cáceres, un muchacho huérfano que encuentra en el gaucho Don Segundo un maestro y guía. La novela sigue su formación como jinete y hombre de campo en la pampa bonaerense, entre domas, arreos y fogones, hasta convertirse en estanciero. Funciona como una suerte de meditación sobre la transmisión de valores rurales. El historiador Matías Casas —autor de Metamorfosis del Gaucho, entre otros libros— recuerda que “Don Segundo Sombra no fue la primera representación literaria del gaucho, sino una relectura que lo alejó de figuras como Juan Moreira para ofrecer un arquetipo vinculado al trabajo, la sobriedad y la solidaridad”. En esa operación, dice, se gestó “la transición del gaucho sujeto histórico al gaucho símbolo”, una figura patrimonial que el Estado adoptó y defendió como parte de su panteón nacional.
Del libro a la ley
A mediados de los años 30, esa construcción identitaria se aceleró. José Antonio Güiraldes, hermano del escritor y entonces intendente, organizó en 1936 la Exposición Tradicional que atrajo la atención del ministro de Obras Públicas bonaerense, José María Bustillo. De allí nació la idea del Parque Criollo y el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes, inaugurado en 1938 durante el gobierno de Manuel Fresco, quien promovía las tradiciones nacionales como eje de desarrollo turístico.


Presidido por el museólogo Enrique Udaondo, el proyecto fue concebido como “una muestra fidedigna del pasado argentino”. No se trataba sólo de exhibir objetos, sino de recrear una estancia del siglo XVIII con técnicas constructivas originales, ambientar una pulpería —La Blanqueada— y situarla como escenario de los quehaceres camperos de Don Segundo Sombra. Udaondo hablaba de “evocación viva” y no de mera conservación: Areco no era un pueblo detenido en el tiempo, sino uno que decidía montarlo como escenario. En 1939, con el Parque Criollo ya en funcionamiento, el intendente José Antonio Güiraldes y el gobernador Fresco impulsaron la Ley provincial 4.756 que instituyó el Día de la Tradición, fijando el 10 de noviembre en honor a la fecha de nacimiento de José Hernández -autor del Martín Fierro- y disponiendo su celebración en San Antonio de Areco y Luján. En 1984, la Legislatura bonaerense sumó un artículo para declarar a Areco sede permanente de la conmemoración.

La primera Fiesta de la Tradición
La fiesta inaugural de 1939 fue un evento íntimo, con estancieros y paisanos de los alrededores. El Parque Criollo carecía de las instalaciones actuales: no había Playa de Doma, y la jineteada se hacía a pocos metros del público, separado apenas por una distancia prudente. El palco municipal de madera era el único punto privilegiado para ver el espectáculo. Ese año no estaba previsto un desfile formal. Un estanciero amigo del intendente, llegado del sur, portaba una gran bandera argentina, pero su paso fue más bien casual, entreverado entre los grupos. La escena inspiró una tradición que nació de la improvisación: en 1941, ante la ausencia de un abanderado, un empleado municipal tomó una bandera guardada en la intendencia y se la entregó al primer jinete que encontró. Desde entonces, el abanderado recorre el trayecto hasta el palco oficial, donde recibe la enseña frente a los aplausos. Los primeros desfiles se hacían alrededor de la plaza principal. Los asados se servían en fogones en la quinta de Guerrico; se guitarreaba y se bailaba. La noche cerraba en el Hotel Plaza, en la esquina de Don Segundo Sombra y Ruiz de Arellano.
El turismo y la postal perfecta
Para 1957, en un periódico se describía a Areco como “tierra de Don Segundo… allí no se extingue la tradición; allí vive, se respira, se monta a caballo, se conversa mateando”. Era la imagen ideal para un turismo de escapada que, con el auge del automóvil, se expandía entre la clase media porteña. Fue también el momento en que comenzaron a consolidarse las primeras propuestas turísticas formales. El Hotel Mitre, emblema local que hoy funciona solo como bar y restaurante, se convirtió en un punto de encuentro para visitantes y vecinos. Más acá en el tiempo, desde principios de los 90 y sobre todo a partir de los 2000, varias estancias históricas —como El Ombú, La Cinacina, La Porteña y La Bamba— iniciaron un proceso de reconversión para ofrecer hospedaje y “días de campo”, combinando hospitalidad y experiencia rural. Desde entonces, el florecimiento de propuestas hoteleras y gastronómicas fue una constante, acompañando el crecimiento de un turismo de escapadas que no dejó de expandirse.

Los Güiraldes —especialmente los hijos de José Antonio, Adolfo y Juan José, el “Comodoro”, — se dedicaron a institucionalizar y difundir una versión específica de la tradición pampeana bonaerense, conocida como «surera». Esto incluyó la promoción de ciertas danzas, música, vestimenta y habilidades ecuestres propias de la región. El Comodoro, en particular, transformó la Fiesta de la Tradición de un encuentro local a un gran atractivo turístico, implementando cambios en su duración y organización. Por su parte, Adolfo se transformó en una leyenda campera: un artista polifacético que protagonizó la película de Don Segundo Sombra, dirigida por Manuel Antín, estrenada en 1970, ganadora del premio Cóndor de Plata como mejor película y nominada para el Festival de Cannes. Sin embargo, Casas destaca que la tradición surera “no es una tradición solitaria, sino un espacio comunitario y festivo que busca forjar identidad”. También advierte sobre “la reglamentación estricta” que, al imponer códigos rígidos de vestimenta o equipamiento, deja fuera a quienes no cumplen esos requisitos: “no poder participar o desfilar es quedar fuera de la conmemoración y, simbólicamente, de la tradición misma”.

Basado en hechos reales
“Lo que sucedió en San Antonio de Areco no pasó en otros lugares que tenían potencial similar”, indica Segundo Deferrari, director del Museo Las Lilas, institución que resguarda una valiosa colección de originales de Florencio Molina Campos. A diferencia de otros pagos que intentaron proclamarse depositarios de la tradición gaucha, en Areco se dio una conjunción de factores únicos que terminaron por cristalizar una identidad. ¿Por qué sucedió aquí este fenómeno? Deferrari no duda de que el éxito de la novela de Güiraldes otorgó al pueblo una impronta tan potente que engendró un orgullo profundo por esas tradiciones, justo en un momento en que en otros pueblos comenzaban a ser miradas con desdén. Esa raigambre fue tan fuerte que, incluso hoy, obliga a repensar la multiplicidad de capas que atraviesan al mito: el gaucho real, el personaje literario, la interpretación académica y la apropiación popular. “Don Segundo Ramírez no es solo un paisano que existió —afirma—; es un personaje sobre el que se montaron distintas lecturas, desde los dueños de una pulpería hasta los investigadores. Todos buscan ese contacto con el pasado que terminó moldeando esta identidad”. Para Deferrari, allí radica una de las paradojas más interesantes: el gaucho funciona como un símbolo poderoso dentro de una comunidad imaginada, pero no puede ser reglado ni tabulado como otros emblemas nacionales. “La bandera o el escudo tienen colores y medidas exactas; el gaucho, en cambio, no. El ejercicio de ser gaucho es algo cotidiano, no necesita manuales. Vos ves a un paisano en Areco y sabés que lo es, aunque jamás haya leído el reglamento del Parque Criollo para saber cómo ensillar un caballo”, señala. Se refleja también en los artesanos: plateros, sogueros, talabarteros que desde siempre acompañaron a la tradición. “Areco es un polo cultural con una faceta artesanal muy desarrollada —explica—. Hoy hay artesanos que responden a la estética tradicionalista, pero también otros que se animan a hibridar: alguien encarga una rastra para usar con el celular, o pide piezas que mezclan lo clásico con lo contemporáneo. Esos cruces muestran que la tradición está viva, que se actualiza en los talleres tanto como en las calles”.


Ricardo Güiraldes nació en la Ciudad de Buenos Aires, pero se crió entre las estancias familiares, donde entró en contacto con el universo rural
Gaucholandia: la autenticidad en disputa
La antropóloga Cecilia Pérez Winter documentó en 2013 el uso del término Gaucholandia como crítica a la “puesta en escena” de la tradición para consumo turístico. Según su trabajo, la disputa enfrenta dos lógicas: una identitaria, que entiende la tradición como prácticas vividas cotidianamente, ligadas a la memoria comunitaria; y una comercial, que privilegia la espectacularización y la producción de imágenes atractivas para visitantes. Daniela Núñez Correa, periodista nacida en Areco y fundadora del medio Areco Días, lo resume así: “Si bien la imagen que se exacerba para el turismo es la de lo gauchesco, Areco sigue siendo un pueblo bonaerense donde pasan un montón de otras cosas… no estamos yendo de un lado a otro a caballo o bailando folclore en cualquier cumpleaños”. Para ella, hay orgullo por la identidad gaucha, pero también “una cierta rigidez, un tabú a la hora de modificarla”. La tensión se manifiesta en debates sobre la Fiesta de la Tradición. Casas recuerda que el turismo está presente desde principios del siglo XX: “Toda recreación en contexto urbano o semiurbano implica cierta puesta en escena. El problema es cuando esa imagen idealizada excluye otras memorias rurales y simplifica la historia para volverla vendible”. En la práctica, esto se traduce en fricciones como la que describe Núñez Correa: cuestionamientos a que una banda local use platillos de batería en la matera, o resistencias a cambios en la estética de las peñas. “Post pandemia, la peña grande empezó a mutar hacia un festejo popular menos folclórico purista, con más jóvenes y turistas”, cuenta.

Entre la postal y la vida cotidiana
El éxito turístico trajo protección para el casco histórico, pero también debates sobre qué conservar. Núñez Correa advierte que “aparecen nuevas construcciones y la pregunta de qué es patrimonio más allá de las casas de fines del XIX o principios del XX”. En 1999, el centro histórico fue declarado Bien de Interés Histórico Nacional y el Parque Criollo, Monumento Histórico Nacional. En 2015, una ley nacional nombró a Areco Capital Nacional de la Tradición. Casas advierte sobre el riesgo de sobrerrepresentar ese relato: “Puede silenciar otras experiencias y trayectorias locales”, además de generar disputas sobre quién capitaliza los beneficios.


Tradición en movimiento
El Plan Estratégico Turístico de 2014 buscó descentralizar la experiencia hacia localidades vecinas como Villa Lía, Duggan y Vagues, promover producción artesanal y diversificar la oferta. La idea: evitar la saturación del centro y repartir el impacto económico. Ese foco deliberado en mantener vivas las tradiciones es, en definitiva, lo que moldeó el perfil actual del pueblo. A partir de esa decisión, se potenció todo un entramado de artes gauchescas: plateros de renombre —con la familia Draghi como referencia indiscutida—, sogueros, artesanos del cuero y conjuntos folklóricos que encontraron en Areco un escenario propicio para crecer. La conservación patrimonial, además de preservar la memoria, embelleció un pueblo que pudo sostener su historia al tiempo que veía surgir, incansablemente, nuevos exponentes de la cultura gaucha.

Hoy, Areco vive en un equilibrio frágil. El gaucho de desfile convive con el paisano que madruga para arrear hacienda. La peña tradicionalista comparte espacio con propuestas híbridas. Las juventudes reversionan la estética de bombachas y boinas. Núñez Correa lo ve como vitalidad: “La tradición se defiende con pasión, pero también se resignifica con los usos que hacen los vecinos. Eso mantiene vivo el festejo”. Casas recuerda que toda imagen representativa “estará siempre en tensión, inconclusa y sujeta a debate”. A casi un siglo del cortejo que trajo de vuelta a Güiraldes, San Antonio de Areco sigue preguntándose cómo contarse a sí mismo. Entre el mito y la realidad, entre la postal y la vida, persiste en su apuesta: hacer de la tradición no solo un recuerdo.


